El por-alguna-razón-siempre-siempre-temido-encuentro con uno mismo plantea una especie de paradoja: encuentro vs soledad.
La soledad en realidad no es tal, en tanto consideremos a este concepto como la ausencia de un "otro" en nuestro ambiente, puesto que el temor que se pone en evidencia señala con un dedo tembloroso la existencia de un otro que no es otro que uno mismo.
Las diversas y reconocidas frases anónimas acerca de este tipo de encuentro convergen en una especie de universalidad que a nadie parece resultarle extraña: "Me llevo mal con la soledad", "Necesito tiempo para estar conmigo", "Intenté convencerme de que no era así, pero no pude", "A veces no me soporto ni yo".
Se pone en evidencia entonces, que la soledad es un concepto parajódico, ambiguo, o bien polimórfico, o bien malentendido: Por una parte, se tenderá a pensar que es la ausencia de cualquier ente (con inclinación a sobreentender a este ente como ser humano: ej. "estaba solo con mi gato"). Por otra parte se le asigna al concepto un caracter de ente en sí mismo: el yo que conversa con nosotros.
Quizás la definición verdadera diga algo como "la ausencia de todo ente que no sea uno mismo". Pero lo gracioso reside en la parte de "uno"...
Será cierto que somos una única cosa?
domingo, diciembre 06, 2009
viernes, diciembre 04, 2009
Inconsistencias
Que te secuestre una pregunta y te mantenga en cautiverio y te arrebate de la boca y de la carne alguna de tus grandes certezas, aunque sea por un pequeñísimo instante.
Pff...
Terror súbito e inalterable.
Aunque dure unos pocos segundos.
Aunque dure unos insignificantes segundos.
Aún así...
Pff...
Terror súbito e inalterable.
Aunque dure unos pocos segundos.
Aunque dure unos insignificantes segundos.
Aún así...
...te la debo
lunes, noviembre 09, 2009
Postdata
En un mundo ideal, las cosas serían de otra manera.
Serían como Uno quisiera que sean.
Surge la pregunta entonces...
Serían como Uno quisiera que sean.
Surge la pregunta entonces...
¿quién es Uno?
martes, octubre 06, 2009
La mirada inc[ó|o]moda
Convengamos que de las muchas partes de la anatomía humana, los ojos tienen características extremadamente particulares. O no convengamos: comencemos, simplemente, haciendo tal aseveración.
Por otro lado, resultará innegable que los ojos han sido (y probablemente seguirán siendo, pero esta sí sería una afirmación más arriesgada) recurridos protagónicos de la poesía, la literatura o particularmente la metáfora si se quiere, y del fantástico general del amor y otras yerbas: "fue amor a primera vista", "tenía una mirada tan profunda", "lo fulminó con la mirada", "los ojos le quemaban de furia". No es necesario apuntar la carencia de vuelo poético de los ejemplos aquí mencionados: como las fotografías en los catálogos de compras, estos son a nivel meramente ilustrativo, y definitivamente pueden no corresponderse con el producto en cuestión. Dejo a cargo de la imaginación del lector la tarea opcional de buscar ejemplos más o menos contundentes, pero sin detenerse en el afán de una "calidad" subyacente (también opcional).
Parece ser que la mirada, el ente que se hace presente ante el sentido de la vista, tiene facultades que van más allá de las primitivas animales que uno podría derivar jugando al rol del científico o del analista. Lo que en un primer momento dibujaba carcazas de pobre teoría en mi cabeza fue: desplazamiento y alimentación. Desplazarse de un lugar a otro evitando los peligros subyacentes. Discriminar elementos que podamos ingerir. Pero claro, en algún momento de la historia apareció la terrible consciencia y entonces el sentido de la mirada cambió (notesé que digo sentido y no dirección). Ahora parece que además de percibir, la mirada brinda algo. Da algo. De qué se trata, es difícil decir. Es difícil delimitar en realidad. Parece que fulmina. Parece que ama. Parece que avisa. Es decir, forma parte esencial de las relaciones entre los seres humanos, pero ya no sólo en el hecho instintivo de establecer un vínculo sexual con un compañero que a través de este sentido haya sido identificado como idóneo para tal fin (por supuesto, están todos los otros sentidos del ser humano y todos los otros sentidos del vínculo sexual, no lo niego, pero no es mi punto en este momento) sino también como primordial artilugio de comunicación...
De entre todas los características que la mirada ha tomado como suyas en estos tiempos, la que más me sorprende, interesa, y molesta, es que la mirada incomoda. Pensemos por un segundo en la notanrara necesidad del hombre de la simetría:
- el cuadro: "derecho"
- la alfombra: "acomodada" de manera tal que todos sus bordes quedan a igual distancia de las paredes.
- etc (si, hoy no es mi día imaginativo, aproveche, lector!)
La ironía comienza al establecer una conversación con otra persona. Resulta que en general, las personas tienen dos ojos, y nuestros propios dos ojos son incapaces de mirarlos al mismo tiempo. Tenemos que elegir uno... pero... cuál?! Parece simple decir "cualquiera", pero esa simetría imperiosa que nos caracteriza y por otro lado una necesidad de control típicamente nuestra también, nos pone en una situación sin solución. Elegís uno, no sabés qué hace el otro. Pero peor aún: ese otro te está mirando... Difícil es que haga algo demasiado imprevisible, pero cuesta aceptar la decisión. Así que en general, la incomodidad se basa en la alternancia de nuestra mirada. El esfuerzo mancomunado de dos ojos, prestando atención simuladamente concurrente y disimuladamente secuencial a los dos ojos de nuestro conversador. Notar que no cuesta mucho intercambiar "prestando atención" por "controlando" en esta última frase.
Supongamos que esto no fuera incomodidad suficiente. La incomodidad primera se sucede cuando se sostiene la mirada. Y ya desde el concepto de la lengua misma, nos damos cuenta de que semántica y físicamente parece que hay que hacer un esfuerzo para mirar a otra persona a los ojos durante un tiempo. Hay que sostener. Osea que hay algo que se está cayendo (parece que se cae la mirada, se lo piensa como un reflejo normal, pero realmente sería más tranquilizador que fuera una cuestión gravitatoria, nomás). Pero lo más "gracioso" es que si alguien logra sobreponerse a ese esfuerzo y sostiene la mirada con orgullo, intentando expresar interés, avasallar a esa gravedad inutil, sobrepasar ese instinto controlador inservible para estas situaciones; el segundo agente en cuestión, el mirado, se siente en una situación incómoda! Empieza a sentir que no puede desviar su propia mirada, porque existe algún tipo de contrato formal implícito del que todo el mundo se siente parte por lo menos una vez al día. Pero la situación se va extendiendo hasta que un límite insoportable choca contra nuestro paladar y mientras decimos algo utilizamos alguna excusa simple (pájaro en la ventana, brisa desde otra dirección, ruido llamativo, etc) o inventamos alguna si no hubiere disponible al momento (en gral, una necesidad no posponible: picazón, un pelo que molesta en la cara, sed, etc)
Supongo yo que la mirada tiene una otra cualidad, distinta a la del resto de nuestras acciones comunes y de hecho, factibles. Parece ser que la mirada va lenta, inconsciente, sinuosa y perenamente penetrando en los ulteriores del agente mirado, sin su permiso, y sin intención (quizás) del agente mirador. Abriendose paso a través de la máscara. Y claro, calculo que esto es lo que hace que ansiosa y desesperadamente busquemos una excusa para desviar la mirada. Vaya uno a saber qué se puede encontrar más adentro de uno mismo!
Por otro lado, resultará innegable que los ojos han sido (y probablemente seguirán siendo, pero esta sí sería una afirmación más arriesgada) recurridos protagónicos de la poesía, la literatura o particularmente la metáfora si se quiere, y del fantástico general del amor y otras yerbas: "fue amor a primera vista", "tenía una mirada tan profunda", "lo fulminó con la mirada", "los ojos le quemaban de furia". No es necesario apuntar la carencia de vuelo poético de los ejemplos aquí mencionados: como las fotografías en los catálogos de compras, estos son a nivel meramente ilustrativo, y definitivamente pueden no corresponderse con el producto en cuestión. Dejo a cargo de la imaginación del lector la tarea opcional de buscar ejemplos más o menos contundentes, pero sin detenerse en el afán de una "calidad" subyacente (también opcional).
Parece ser que la mirada, el ente que se hace presente ante el sentido de la vista, tiene facultades que van más allá de las primitivas animales que uno podría derivar jugando al rol del científico o del analista. Lo que en un primer momento dibujaba carcazas de pobre teoría en mi cabeza fue: desplazamiento y alimentación. Desplazarse de un lugar a otro evitando los peligros subyacentes. Discriminar elementos que podamos ingerir. Pero claro, en algún momento de la historia apareció la terrible consciencia y entonces el sentido de la mirada cambió (notesé que digo sentido y no dirección). Ahora parece que además de percibir, la mirada brinda algo. Da algo. De qué se trata, es difícil decir. Es difícil delimitar en realidad. Parece que fulmina. Parece que ama. Parece que avisa. Es decir, forma parte esencial de las relaciones entre los seres humanos, pero ya no sólo en el hecho instintivo de establecer un vínculo sexual con un compañero que a través de este sentido haya sido identificado como idóneo para tal fin (por supuesto, están todos los otros sentidos del ser humano y todos los otros sentidos del vínculo sexual, no lo niego, pero no es mi punto en este momento) sino también como primordial artilugio de comunicación...
De entre todas los características que la mirada ha tomado como suyas en estos tiempos, la que más me sorprende, interesa, y molesta, es que la mirada incomoda. Pensemos por un segundo en la notanrara necesidad del hombre de la simetría:
- el cuadro: "derecho"
- la alfombra: "acomodada" de manera tal que todos sus bordes quedan a igual distancia de las paredes.
- etc (si, hoy no es mi día imaginativo, aproveche, lector!)
La ironía comienza al establecer una conversación con otra persona. Resulta que en general, las personas tienen dos ojos, y nuestros propios dos ojos son incapaces de mirarlos al mismo tiempo. Tenemos que elegir uno... pero... cuál?! Parece simple decir "cualquiera", pero esa simetría imperiosa que nos caracteriza y por otro lado una necesidad de control típicamente nuestra también, nos pone en una situación sin solución. Elegís uno, no sabés qué hace el otro. Pero peor aún: ese otro te está mirando... Difícil es que haga algo demasiado imprevisible, pero cuesta aceptar la decisión. Así que en general, la incomodidad se basa en la alternancia de nuestra mirada. El esfuerzo mancomunado de dos ojos, prestando atención simuladamente concurrente y disimuladamente secuencial a los dos ojos de nuestro conversador. Notar que no cuesta mucho intercambiar "prestando atención" por "controlando" en esta última frase.
Supongamos que esto no fuera incomodidad suficiente. La incomodidad primera se sucede cuando se sostiene la mirada. Y ya desde el concepto de la lengua misma, nos damos cuenta de que semántica y físicamente parece que hay que hacer un esfuerzo para mirar a otra persona a los ojos durante un tiempo. Hay que sostener. Osea que hay algo que se está cayendo (parece que se cae la mirada, se lo piensa como un reflejo normal, pero realmente sería más tranquilizador que fuera una cuestión gravitatoria, nomás). Pero lo más "gracioso" es que si alguien logra sobreponerse a ese esfuerzo y sostiene la mirada con orgullo, intentando expresar interés, avasallar a esa gravedad inutil, sobrepasar ese instinto controlador inservible para estas situaciones; el segundo agente en cuestión, el mirado, se siente en una situación incómoda! Empieza a sentir que no puede desviar su propia mirada, porque existe algún tipo de contrato formal implícito del que todo el mundo se siente parte por lo menos una vez al día. Pero la situación se va extendiendo hasta que un límite insoportable choca contra nuestro paladar y mientras decimos algo utilizamos alguna excusa simple (pájaro en la ventana, brisa desde otra dirección, ruido llamativo, etc) o inventamos alguna si no hubiere disponible al momento (en gral, una necesidad no posponible: picazón, un pelo que molesta en la cara, sed, etc)
Supongo yo que la mirada tiene una otra cualidad, distinta a la del resto de nuestras acciones comunes y de hecho, factibles. Parece ser que la mirada va lenta, inconsciente, sinuosa y perenamente penetrando en los ulteriores del agente mirado, sin su permiso, y sin intención (quizás) del agente mirador. Abriendose paso a través de la máscara. Y claro, calculo que esto es lo que hace que ansiosa y desesperadamente busquemos una excusa para desviar la mirada. Vaya uno a saber qué se puede encontrar más adentro de uno mismo!
martes, septiembre 01, 2009
Entreguesé sinceramente (si es que se quiere entregar)
Tome un papel en blanco y un lápiz.
Salga en busca de unos ojos de fuente y coloquesé frente a ellos.
Abra sus ojos de manera amplia y profunda, y deje que los borbotones lo vayan llenando desde la punta de los pies hasta la punta de los pelos.
Una vez que sienta la correntada abriéndose camino cierre los ojos e inhale profundamente.
Intente dilucidar el trayecto del río en cada zona de su cuerpo.
Evite pensar estupideces o especular.
Mejor aún: evite pensar.
Sienta el laberinto intrincado, e imagine como por esos caminos ahora corre un aluvión que acaba de escapar de un similar espacio.
Vaya dibujando (sin abrir los ojos, por favor) todo lo que siente en la hoja que tomó al principio de este ejercicio.
No se preocupe si no tiene dónde apoyar, el dibujo probablemente será más exacto de este modo.
No intente alterar el resultado final racionalizando su accionar.
Cuando sienta que su corazón empieza a calmarse, estará listo.
Abra los ojos sin esperar nada.
Extienda la mano que contiene el dibujo y diga, a su manera, algo similar a: "Tomá, así soy yo".
Salga en busca de unos ojos de fuente y coloquesé frente a ellos.
Abra sus ojos de manera amplia y profunda, y deje que los borbotones lo vayan llenando desde la punta de los pies hasta la punta de los pelos.
Una vez que sienta la correntada abriéndose camino cierre los ojos e inhale profundamente.
Intente dilucidar el trayecto del río en cada zona de su cuerpo.
Evite pensar estupideces o especular.
Mejor aún: evite pensar.
Sienta el laberinto intrincado, e imagine como por esos caminos ahora corre un aluvión que acaba de escapar de un similar espacio.
Vaya dibujando (sin abrir los ojos, por favor) todo lo que siente en la hoja que tomó al principio de este ejercicio.
No se preocupe si no tiene dónde apoyar, el dibujo probablemente será más exacto de este modo.
No intente alterar el resultado final racionalizando su accionar.
Cuando sienta que su corazón empieza a calmarse, estará listo.
Abra los ojos sin esperar nada.
Extienda la mano que contiene el dibujo y diga, a su manera, algo similar a: "Tomá, así soy yo".
lunes, agosto 03, 2009
Pálpitos
Resulta ser que el pulpito trataba de mantener su tentáculos en orden. La particularidad que le caracterizaba residía en que los tentáculos le nacían por montones, y eso resultaba a veces gratificante, y a veces algo ciertamente terrible.
Entre las angustias que le aquejaban la que más normalmente le recurría era aquella que tenía que ver con soltar cosas para acomodar otras. Algunos tentáculos estaban ya retorcidos por querer mantenerse aferrados a algo, ya en posiciones contorsionistas, incómodas y hasta dolorosas, y aún así soltar resultaba un pensamiento que intuía tanto dolor que el miedo lo invadía por completo. Pasaban largos días antes de que decidiera algo así.
Pero resulta ser que había otro tipo de situaciones. El pulpito no era un ser independiente en el mundo. Tenía tentáculos que nacían de él, pero que volvían a nacer de otros (no se podía discriminar el comienzo). Su problema profundo residía en cómo solucionar situaciones en la que éstos lazos empezaban a incomodarlo, a hacerle doler, a contorsionarlo. Estas angustias eran más raras que las anteriores, pero ciertamente más complicadas y sensibles. La pregunta que se hacía normalmente era: "yo... ¿soy yo y mis tentáculos se atan a otros? ¿o yo soy yo Y los otros?"
Desde el púlpito de su mente (la del pulpito), una voz grave, profunda y contundente erigía normas a las cuales atenerse, y decía cosas tales como: "Haz de crear lazos con todo aquél que necesite tu tentáculo" y "Te sacrificarás ante la necesidad del otro" y "Nunca olvides que sólo la voz del púlpito te llevará por el camino correcto".
El pulpito, sin embargo, tenía tintas de anarquista, luchaba contra las construcciones mentales que creía haber aprendido en el pasado y que denominaba "alter-algo". Nunca fue muy culto, pero cuando discutía consigo mismo, generalmente intentaba eliminar todos los alteralgos para encontrarse con su yo verdadero. Sabía que podía fácilmente elaborar teorías y discursos convincentes y lógicos que nada tuvieran que ver con sus esencias, sino más bien con sus capacidades pulpísticas.
Mareado por sus propios razonamientos, el pulpito nadó sin dirección buscando un nicho de soledad y contención al mismo tiempo. Endureció su postura respecto de las normas (determinó nunca escuchar a la voz del púlpito) y trató de abrir su mente lo más posible para que fluyan en ella pececitos que le iluminen el espacio.
Por lo pronto, tenía el fuerte pálpito de que tendría que inventar algo brillante, trabajar duro, y esperar nomás... quizás las corrientes traerían alguna (otra) sorpresa.
Entre las angustias que le aquejaban la que más normalmente le recurría era aquella que tenía que ver con soltar cosas para acomodar otras. Algunos tentáculos estaban ya retorcidos por querer mantenerse aferrados a algo, ya en posiciones contorsionistas, incómodas y hasta dolorosas, y aún así soltar resultaba un pensamiento que intuía tanto dolor que el miedo lo invadía por completo. Pasaban largos días antes de que decidiera algo así.
Pero resulta ser que había otro tipo de situaciones. El pulpito no era un ser independiente en el mundo. Tenía tentáculos que nacían de él, pero que volvían a nacer de otros (no se podía discriminar el comienzo). Su problema profundo residía en cómo solucionar situaciones en la que éstos lazos empezaban a incomodarlo, a hacerle doler, a contorsionarlo. Estas angustias eran más raras que las anteriores, pero ciertamente más complicadas y sensibles. La pregunta que se hacía normalmente era: "yo... ¿soy yo y mis tentáculos se atan a otros? ¿o yo soy yo Y los otros?"
Desde el púlpito de su mente (la del pulpito), una voz grave, profunda y contundente erigía normas a las cuales atenerse, y decía cosas tales como: "Haz de crear lazos con todo aquél que necesite tu tentáculo" y "Te sacrificarás ante la necesidad del otro" y "Nunca olvides que sólo la voz del púlpito te llevará por el camino correcto".
El pulpito, sin embargo, tenía tintas de anarquista, luchaba contra las construcciones mentales que creía haber aprendido en el pasado y que denominaba "alter-algo". Nunca fue muy culto, pero cuando discutía consigo mismo, generalmente intentaba eliminar todos los alteralgos para encontrarse con su yo verdadero. Sabía que podía fácilmente elaborar teorías y discursos convincentes y lógicos que nada tuvieran que ver con sus esencias, sino más bien con sus capacidades pulpísticas.
Mareado por sus propios razonamientos, el pulpito nadó sin dirección buscando un nicho de soledad y contención al mismo tiempo. Endureció su postura respecto de las normas (determinó nunca escuchar a la voz del púlpito) y trató de abrir su mente lo más posible para que fluyan en ella pececitos que le iluminen el espacio.
Por lo pronto, tenía el fuerte pálpito de que tendría que inventar algo brillante, trabajar duro, y esperar nomás... quizás las corrientes traerían alguna (otra) sorpresa.
miércoles, julio 01, 2009
Cuchillas en las sienes
Llueve a pedradas la hipocresía
En este desierto sin sombra
Va haciendo trizas la carne
Sin pudor ni refreno
Ruge ya el sismo entre las certezas
Cuchillas nadando en las sienes
Sangra la fe de los creyentes
Aúlla el poder del pederasta
¿Quién será el gran afortunado
que reciba hoy tu infortunio?
Tu ofrenda de ojos vendados
Tu delirio humano más puro
La paradoja del sacrificio
Por una causa especulada
Fluye como si no entendiera
Lo incoherente de su esencia
Ay, corazón inocente
Cómo esquivar la locura
De ver tu construcción gentil
Fermentada de sarcasmo
Ay, corazón imbécil
Admirable hasta el desprecio
Loable hasta la traición
Inconciente hasta la muerte
Toma la aguja espinada
Y otra vez cría suturas
Toma el líquido sediento
Y otra vez
Cierra una herida con fuego
En este desierto sin sombra
Va haciendo trizas la carne
Sin pudor ni refreno
Ruge ya el sismo entre las certezas
Cuchillas nadando en las sienes
Sangra la fe de los creyentes
Aúlla el poder del pederasta
¿Quién será el gran afortunado
que reciba hoy tu infortunio?
Tu ofrenda de ojos vendados
Tu delirio humano más puro
La paradoja del sacrificio
Por una causa especulada
Fluye como si no entendiera
Lo incoherente de su esencia
Ay, corazón inocente
Cómo esquivar la locura
De ver tu construcción gentil
Fermentada de sarcasmo
Ay, corazón imbécil
Admirable hasta el desprecio
Loable hasta la traición
Inconciente hasta la muerte
Toma la aguja espinada
Y otra vez cría suturas
Toma el líquido sediento
Y otra vez
Cierra una herida con fuego
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